verdes lugares

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campo de rubí

miércoles 4 de enero de 2012

Sincronización


A Darío y Daniel los quería todo el mundo. Tenían un Chevy cuatro puertas con caja automática. Cada viernes o sábado se iban a bailar a los pueblos vecinos y siempre invitaban a los que no tenían auto. Sacaron plata de la caja del almacén de sus padres, les dieron un beso, y apurados tocaron bocina frente al club. Subieron Feta, el turco Adel y Lafru, tres amigos que tomaban algo en la cantina. Manejaba el loco Darío, buscaron música en el dial de la radio y se fueron a un baile a Volta, un paraje poblado por chacareros, donde había una escuela, algunas casas distantes y la estación del ferrocarril que le daba el nombre. La zona urbana no tenía ningún cartel que orientara donde terminaba una calle, por lo que cualquier cortada podía ser el patio de una casa de familia. Transcurrida la noche ya entrado el amanecer, la orquesta terminó los bises de la última selección, la gente se fue retirando de la pista, bajo los focos que se cruzaban entre banderines de colores. Salieron por un callejón cubierto de gramilla, hasta que el auto alumbró los ojos brillantes de unos terneros, y al loco Darío no le quedó otra que hacer una maniobra bastante arriesgada, y doblar para el otro lado. Tomaron por donde se creía poder pasar, pero a esa velocidad y con la penumbra del amanecer, no se dieron cuenta de que estaban en un patio, con herramientas rurales, ropa colgada y un gallinero lleno de ponedoras. El impacto fue al medio, volaron maderas y plumas por el aire, una gallina pegó contra el vidrio y el ojo se le iba agrandando estampado por la velocidad, arrancaron la soga del tendal y las prendas quedaron enredadas en el paragolpes. Fueron tres segundos y un gran desastre. No pararon, siguieron alejándose fierro a la tabla, ignorando unas camisas que flameaban enganchadas de la antena,  y un pedazo del tejido que traían a la rastra. Recién aclaraba, la niebla se suspendía a un metro del suelo y era atravesada por el Chevy, que desaparecía, y al instante volvía a iluminar la calle. Venían muy rápido. Darío, al ver que se pasaban de largo en el bajo, un camino que simula ser una línea recta con un gran cráter de cardos secos, y viéndose sorprendido por la curva, le habló a los comandos del tablero hundiendo el encendedor, como si fuera el botón que hacía volar el auto fantástico, se sostuvo bien fuerte del volante, y aceleró.