sábado 6 de septiembre de 2008

el hombre biónico

Alberto medía dos metros cinco.
Recien había cumplido 40.

Andaba con su padre para todos lados como cuando era chiquito.
Saludaba y cuando te daba la mano
el puño del pulóver se le corría hasta la mitad del brazo.

Cuando le preguntabas como andaba
decía_ no estoy tranquilo.
En los ojos parecía tener aumento.
Sus zapatillas
señalaron la distorsión del sentido de las cosas.

viernes 5 de septiembre de 2008

Le decían L.

Tenía 42 y hablaba como un niño de cuatro.
Una noche lo asustaron con un cuero de oveja,
enmudeció durante horas,
luego balbuceó pudiendo hablar así,
quitándole una o dos letras a cualquier palabra.

Pasaba subido al enganche del carro anaranjado de la municipalidad.
Cuando caminaba iba pensativo mirando para abajo.
En sus ojos estaba su niñez,
todabía estaba su niñez,
buscando al hombre.

viernes 29 de agosto de 2008

Un golpe de suerte.

Para el primero de enero de 1994 volcamos con el loco Darío.
El Dodge 1500 dio dos vueltas completas por el aire.
Fuimos despedidos con mi primo
mientras dábamos todos esos giros.
Caímos en el zanjón lleno de agua al costado del camino.
Los demás salieron del auto antes que se hunda.
Había quedado dado vuelta con las ruedas girando.

Luego nos llevaron al hospital,
estuvimos seis horas en observación.
El doctor dijo a mis padres
que me vigilaran cuando duermo por los golpes,
que me despierten suavemente.

Unos días después salimos a bailar a Villegas
y a la vuelta lo traigo a Narigón,
un amigo que mis viejos no conocen,
es petizo como yo, con rulos, retacón,
que anda de novio con la flaca, la hermana del loco Darío,
que también iba en el auto.

Ya son como las siete de la mañana,
así que tomamos unos mates,
lo dejo durmiendo en mi cama y me voy a trabajar al club,
estoy pintando el cielorraso del salón de baile,
todavía me falta barnizar todas las paredes
que están revestidas de madera.

_Se despiertan mis viejos,
mi madre como todos los días va a mirarme.
En la penumbra de mi pieza,
la persiana entrevé una hilera de puntos luminosos,
que se reflejan sobre el piso,
y se quiebran en la esquina de la habitación,
siguiendo por la pared como si un charco fosforescente
hubiera salpicado traspasando la ventana.

_Mamá me mira, es verano,
vé un cuerpo corto en longitud, pero mas gordito,
con la cabeza y los brazos metidos debajo de la almohada,
rulos contrastando con el blanco de la tela, yo también tengo rulos,
y esa es mi posición habitual para dormir,
se acerca un poco más,
exclamando por lo bajo la pregunta que piensa sorprendida ,
me mira de nuevo agudizando la mirada hasta volver sus ojos finitos,
vuelve rápido hasta donde esta mi padre y le dice asustada,
casi en silencio:
__ vení a ver a diego
que esta todo
hinchado!

Vuelven los dos hasta mi pieza,
mamá en camisón, papá en calzoncillos
se acercan a la cama donde duermo, mi viejo me me mira
mamá se toma los costados de la cara, y dice:
__ mirá como esta este chico, quehacemosahora?...
__ die-gó! dice mi papá, fortaleciendo un poco la ultima vocal,
__diego estas bien? repite,
__mi madre, …__ hijo que te pasa?...
__(narigón duerme, da vueltas debajo de la almohada,
y no responde),
se hacen señas y se van a la cocina,
mis viejos discuten,
mamá le dice,
que llame a la policía para que avisen al doctor
que no está en el pueblo,
mi viejo le contesta que intente despertarme despacio
mientras el va a buscar ayuda,
narigón le responde a mamá, entredormido y borracho,
__que le duele mucho la cabeza,
__mamá le dice a mi viejo que se apure,
__papá se va a buscar al policía a la vuelta de casa,
__mamá cruza hasta lo de la vecina
__para decirle que por favor valla a lo de la enfermera
__que seguro ya se fue de la sala de primeros auxilios
__que debe estar en su casa porque ya son casi la una de la tarde
__y no me pueden despertar.

Narigón empieza a recibir toda clase de información hostil,
escucha las discusiones,
las sillas de caño que no tienen gomita en las patas
hacen ese ruido molesto cada vez que las corren
porque se las llevan por delante,
o la puerta mosquitero que pega y rebota
en un rango de apertura que estira y cruje a las bisagras,
volviéndola con mas potencia.
Ya desaparecieron de la pared las ráfagas de luz,
la cabeza de Cristian F sucumbe erosionada por tanto alcohol,
más las ganas de mear que tiene,
pero no se levanta, no se anima, hasta que no llegue yo.

Yo,
estoy en el club arriba de un carro,
sobre una escalera para llegar mejor,
sacando las telas de araña de las planchas de yeso del cielorraso,
que luego pinto de blanco.
En la izquierda el cepillo,
en la derecha la brocha de cerda pura con banda elástica,
que sujeta los pelos para que no chorree,
las piernas abiertas sobre los últimos escalones haciendo equilibrio,
el balde colgando a un costado,
y un ladrillo en el piso bloqueando la rueda para que no se mueva.

Voy por la mitad.

Ya son la una pasada, me bajo para irme, sé que esta Narigón solo,
el sol pega fuerte, anudo la remera en mi cabeza,
y comienzo a correr.

Al llegar a mi casa,
veo sobre la vereda la moto Gilera del oficial Jareño,
la bici verde del cabo Velásquez apoyada sobre los ligustros,
bajo el alero a la sombra,
mi padre abanicando a mi madre que tiene los ojos llorosos,
los dos policías apoyados contra la pared,
con la gorra azul en la mano,
la enfermera tomando agua sentada,
con el guardapolvo blanco sobre su falda,
la vecina, y Narigón,
todos de nuevo,
riendo a carcajadas.

miércoles 27 de agosto de 2008

Un tren llamado Consuelo.

Mi pueblo tiene cien años .
La panadería sigue siendo la misma.
El panadero es el hijo del primer dueño.
Usa el mismo delantal que dejó su padre.
Los pantalones con las botamangas arremangadas.
El gorro de oficio caído hacia un costado.
Transpira y se seca la cara con un pañuelo anudado al cuello.

Sobre la mesa, está la radio vieja,
funciona con un cable que hace de antena.
El gato al pasar, la desacomoda y acomoda, con el revés de la cola,
como si supiera que se ha perdido la señal.

Me veo en un día de sol, en un patio recién barrido,
con las claras pisadas del gato gordo gris, en la casa del paso a nivel.

Estoy arriba del árbol, esperando divisar ese punto hacia el este
que al rato se convertirá, en un largo tren que viene de Bs As.
Yo vivía con mi abuelo que era empleado del ferrocarril,
tenía una orquesta típica de tango,
pero escuchaba bien de un solo lado.
Cuando se afeitaba
el espejo que colgaba de la pared bajo la galería,
temblaba tanto con la llegada del tren
que dejaba de hacerlo.
Me decía que corriera hasta las vías para ver el tren de cerca
que apoyara la oreja en el piso y lo esperara sentir.
Yo estaba ahí,
aturdido por la inmensa caravana de vagones ruidosos de oxidados,
veía a mi abuela Consuelo parada en el patio,
con el delantal en la cintura,
exagerando movimientos desde su boca sin sonido,
dirigiéndose a mi abuelo, que la miraba con la cara toda blanca,
la brocha de afeitar en la mano y en camiseta musculosa.
Ella abría sus brazos pegándose con la mano en la cadera
diciéndole que no con la cabeza, señalándome a mi.

Escuché de alguien, que la maestra era como nuestra segunda madre
entonces pregunté quiénes eran mis padres
mi abuela respondió que estaba por venir el tren que subiera al árbol.
Liliana me enseñaba a nadar, a tocar el piano,
tenía todas las fantasías con ella
le olía los corpiños cuando los dejaba arriba de su cama.

La vida me daba pequeñas caricias si yo me creía dueño del mundo.
Así empecé a entender en que lugar estaba la dimensión del placer.

El profesor de música me había dicho que hasta los nueve
no podía empezar guitarra.
Intenté tomar clases con una pandereta
igual me dijo que no, pero que fuera a mirar cuando quisiera.

Cumplí doce.
Empecé a trabajar.
Una polea de la maquina cosechadora le cortó dos dedos a un hombre.
Un chico conocido
doblo rápido en una esquina con la moto
se llevó por delante una rienda de alambre
de un poste de alumbrado a la altura del cuello,
abriéndoselo.
Un empleado de la cooperativa eléctrica,
cayó de ocho metros y se quebró las dos piernas,
enseñó por un tiempo dactilografía hasta recuperarse.
Un pibe se salvó de la colimba,
se hizo pasar por sordo.
Cuándo se iba le pidieron que cerrara la puerta
y la cerró.

Con mi abuelo remontábamos barriletes inmensos,
pedíamos deseos con papelitos blancos que subían trepando por el hilo.
Rosendo sobrevolaba con el avión debajo de los cables de alta tensión
rozando las varillas del alambre, para aterrizar.
Pedro se comía un limón entero y no hacía cara agria.
Un muchacho se tiraba del techo de su casa con un paraguas
reía y festejaba en el jardín.

Teníamos un televisor de 14 pulgadas blanco y negro.
Cuando mejor se veía
sabíamos que iba a llover porque la imagen era nítida,
me lo hacían apagar por los rayos de la tormenta.

Se ahogó un tipo, el otro tuvo que nadar hasta la orilla,
nadie lo vio por las olas,
llego hasta lo seco y se desmayó,
temblaba dijo el veterinario, que lo llevó a su casa,
y le dio ropa seca.
Los buzos tácticos buscaron el cuerpo arrojando púas al fondo
porque el agua era turbia, estaba verde,
como la que se pudre en la pileta, y hay que sacar con el balde,
de noche se levantaba una niebla que no los dejaba ver.

Miro algunas fotos cuando era chico.
Los padres de mis amigos
no parecen tan viejos como los que yo tenía.

Cuando pregunté quienes eran los míos
mi abuela me dijo que me fijara el tren, que lo fuera a esperar.

Cada vez que subía al árbol me imaginaba que en esos vagones podían venir.

Remontábamos con mi abuelo un barrilete.
Le pregunté.
Que me diga la verdad.
Y pienso en todas esas veces que subí al árbol del patio.

lunes 28 de julio de 2008